Este es uno de esos temas fetiche de los fanzineros, muy manidos en salones del cómic, muy aplaudidos a mano sudada y espalda encorvada:
las fotocopias de Dragon Ball.

Para el que no lo sepa (hablando con Álvaro Carmona, andaluz, me explicó que jamás había oído hablar de esta moda rota, con lo que de repente surgió la duda de si esto sólo ocurrió en Cataluña) durante la primera mitad de los noventa se vivió un boom abrumador de fotocopias en blanco y negro de dibujos de Son Goku y su equipo. En las escuelas se mataba por conseguir el dossier más gordo de DIN-A4's con escenas de lucha, caras sonrientes haciendo la uve con los dedos, fotos de equipo... estampas de la serie, vamos. Y siempre en blanco y negro. Incluso fotocopias de la fotocopia, ganando grano, alimentando la leyenda. Como una colección de cromos normal, pero sin límites.
Hasta el punto de que las tiendas de reprografía de barrio empezaron a sacar tajada del asunto, vendiendo fotocopias hechas por ellos mismos, cobrándose un plus por tratarse de Bola de Drac. O trueques de señores adultos en mercadillos de segunda mano de domingo por la mañana.
Nadie sabía a dónde coño llevaba todo eso, pero algo les impulsaba a la acumulación. Porque de eso se trataba, no? De
ACUMULAR, llenar huecos de uno mismo, pulsiones extrañas y bien enterradas, pero vivas, con escenas de violencia, felicidad y tetas. Y también había algo tranquilizador, suave, en el hecho de que no fuese para nada material original, en que fuesen fotocopias (justo lo opuesto a lo original), no?
Yo tengo mi teoría, y es que toda esa gente, todos nosotros, en realidad estábamos a la espera de algo desconocido, algo todavía inexistente pero tan grande que antes de nacer ya nos estaba calentando. Una tormenta terrible para la que teníamos que entrenarnos a ciegas. Algo inminente, una vibración que nos obligaba a hacer cosas raras sin preguntarnos porqué.
Mi única explicación es que, sin saberlo, estábamos todos preparándonos para la colección de fotocopias definitiva:
INTERNET.